Yo soy mi propio resultado.


Yo soy el resultado de mis sueños, mis aspiraciones, y mis ilusiones de niña. Soy el resultado de querer (y querer mucho y con muchas, muchas ganas) materializar cada idea, cada sueño, cada ilusión, aunque el mundo me dijera una y muchas veces que era una locura.


No fueron pocas veces -pensándolo bien fueron casi todas- las que familiares y amistades muy queridas, inclusive algunos maestros que me externaron haciendo uso de valiosos argumentos, detalladas justificaciones, emotivos discursos de cariño y ocasionalmente algunos enérgicos regaños, dispusieron de valiosas horas de su tiempo para hacerme “entrar en razón”, recapacitar, comprender que el mundo era difícil, hostil, cruel y complejo, lleno de lobos feroces, brujas malvadas, piratas desalmados y hasta chapulines de barrio. Cuántas horas dedicaron preocupados por mi inexperiencia, mis limitaciones, y sobre todo mi ingenuidad...


Yo escuchaba y escuchaba:

- Que si no hacés caso a los consejos vendrá el COCO y te comerá. Que si confiaba en mi instinto sin experiencia me pasaría las de caperucita y escogería el camino equivocado donde el lobo acecharía y hasta se podría terminar comiendo a la abuelita. Que eso de creer en las lámparas y los deseos que se materializan me llevarían a acabar más desmoralizada que la gente que cada domingo espera con ansia el premio mayor de la lotería y no pega ni terminación con la fecha, o como las chicas que aún creen en que los príncipes azules existen y que terminan besando sapos el resto de su vida.

Inexperiencia, ingenuidad, sueños pueriles, desubicación, desinformación. Solo eran unos cuantos de los argumentos que justificaban por qué mis sueños podían ser solo eso: sueños.


Y entonces, yo entraba en ese extraño éxtasis que aún suelo experimentar. Era como una telenovela: “Volcán de pasiones”.

Respeto, temor, angustia, sosobra, pero sobre todo una especie de espíritu de rebeldía y quizá arrogancia, una sensación como de estar a punto de hacer un deporte extremo, de tirarme de un trapecio, de un bungie o de un paracaídas. Un vértigo, que te advierte de un riesgo, de un posible peligro, pero de un éxtasis inigualable. El reto estaba frente a mi.


Y así empezó la primera de muchas veces más en mi vida.

Por fin, a través de los años me fui dando cuenta cuál era la razón de sus discursos, sus consejos, sus temores, sus dudas. Hoy lo veo claro: las otras personas no podían ver lo que yo veía, porque eran mis sueños y solo yo podía verlos, sentirlos y solo yo sabría cómo llevarlos a cabo. Yo era quien tenía esa urgencia en mi pecho, una pasión que se desbordaba por verlos materializados, nadie más.


No eran retos sin razón, eran retos en los que mis capacidades se ponían a prueba. Retos de enfrentar al mundo y sus obstáculos, retos a mi capacidad creativa para vencerlos. Algunos fueron más que superados, otros de gran escuela, pero fueron enfrentados uno a uno, y fortalecieron mi carácter, moldearon mi personalidad.

Y es que nadie va por tus sueños... solo vos. Por esta razón, la única persona responsable de alcanzarlos o no: sos vos.



Tiempo, trabajo, esfuerzo, dedicación, enfoque, preparación, carácter, visión, constancia, disciplina, pero sobre todo pasión, es lo que necesitás para llevar tus sueños a la acción. Porque sueños sin acción, te convierten en simple soñador(a). Sueños con acción es la clave para tener el control de dónde y cómo vas a estar al final de cada día.

Todavía ahora, muchas veces sonrío cuando viene a mí una nueva idea, mi familia y amistades me ven con esa cara de: - Oh oh, y ahora qué está pensando.

Y sé que el volcán de pasiones vuelve a encenderse: un nuevo reto empieza para mí y tengo claro que solo de mi depende cuál será el resultado.

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